Un adolescente de diecisiete años escribe, para la escuela, una
nota con la que gana un concurso de periodismo cuyo premio consiste en un
período de trabajo en un diario de renombre. No parece movido por ninguna
pasión; es, más bien, un adolescente desganado que escribe bien, a pesar suyo.
Al menos eso confiesa el protagonista de esta novela de trama policial, que es
quien relata su historia y la historia de El hombre que quería recordar.
Las tareas que se le asignan en el diario son, como es de
esperar, menores. El trato que recibe de su jefe directo es el de un niño. El
muchacho no siente entusiasmo por el lugar, por su función, ni tiene
expectativas. Pero una noche, acude a la redacción un hombre que asegura tener
una buena historia, algo que los compañeros consideran frecuente y cuyos
resultados son, en la mayoría de los casos, decepcionantes. Nadie quiere
atenderlo. Con instrucciones de “despacharlo” rápidamente, el joven es
destinado a la tarea. Contra las presunciones del personal del periódico, el
visitante cuenta una historia verosímil e interesante. A partir del encuentro,
el aprendiz de periodista ocupará el lugar del detective, del investigador.
La historia trata de un hombre que ha sufrido un accidente
automovilístico y padece amnesia total. Ha olvidado hasta su nombre.
Provisoriamente, se hace llamar Pepe. La sociedad que propone tiene como
objetivo reconstruir su historia. El rédito del periódico será una buena nota;
el de Pepe, recuperar su identidad, si no su memoria.
El muchacho hace algunas averiguaciones; como producto de
las cuales, Pepe decide que es necesario viajar a Mar del Plata. Es allí donde
ocurrirán las peripecias que se cuentan en la primera (y más extensa) parte de
la novela, titulada “La conversación”.
Desde el comienzo, sabemos que el narrador está hablando con
alguien. Hay un destinatario del relato que no es el lector, sino una segunda
persona que irá, de a poco, configurándose como un policía que toma una declaración
informal al muchacho.
El robo de un banco, ocurrido poco tiempo antes, trajo como
consecuencia el asesinato de tres personas: el fiscal de la causa y su
acompañante ocasional, además de un testigo. De un modo que no develaremos
aquí, Pepe está implicado en los hechos, algo que en la primera parte solamente
sospecharemos.
La segunda parte, “La despedida”, también está narrada por
el protagonista, pero aquí ya no hay un interlocutor ficcional y, por otro
lado, existe una mayor distancia de los hechos; el muchacho ya tiene una
carrera como periodista, ha viajado por el mundo… es un adulto que evoca.
El hombre que quería recordar es, como se dijo, una novela
de trama policial, pero también un relato de iniciación. En esta última parte,
no son pocas las sorpresas que la trama va presentando en el afán de resolver
los misterios, pero también en el de mostrar ese sutil proceso por el cual un
adolescente se va convirtiendo en un hombre. Contrariamente a lo que suele
ocurrir en los medios de comunicación, en la novela de Andrea Ferrari es Pepe,
un ciudadano desconocido, quien manipula al periodista inexperto. Nuestro
protagonista será víctima de sentimientos contradictorios. El propósito de la
manipulación es, podríamos decir, justo; sin embargo, el medio elegido es el
engaño. El lector, igual que el muchacho, irá descubriendo que ha sido víctima
también, ya no de un engaño, sino de un maravilloso atributo del lenguaje: la
polisemia. Seguramente descubrirá que “El hombre que quería recordar” no es
aquel que supuso durante buena parte de la novela. Un cambio de sujeto para el
título, así como un cambio de perspectiva: no es la amnesia lo que provoca el
deseo, sino la necesidad de comprender, a través del relato, el modo en que el
propio narrador se ha vuelto una persona adulta.
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